ALGO RARO ESTÁ PASANDO (Colección de relatos de Ramón QU)

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Puntos de vista

Desde cierto punto de vista, se los podía considerar parecidos. Los dos tenían veintitrés años, y eran altos, fuertes y de tez morena. También cabría contar entre las semejanzas el que ambos tuviesen una madre que cocinaba muy bien y una novia de ojos grandes y negros. Algo bravucones y a veces un tanto pendencieros, quizás el rasgo más llamativo que poseían en común fuese una sonrisa amplia, fácil, contagiosa, que llenaba su rostro como de juegos infantiles. Sin embargo, desde la práctica totalidad de los puntos de vista, se los debía considerar muy diferentes. Sus orígenes, educación y costumbres eran tan distintos como distantes. En realidad, lo verdaderamente extraño fue que sus vidas se cruzaran. Pero, más allá de semejanzas y diferencias, el caso es que aquel día los dos se levantaron a la misma hora en la madrugada y ambos dedicaron la mañana a cumplir sus respectivas y diversas tareas, con esa laboriosidad y simpatía que los caracterizaba. Empezaba a caer la tarde cuando, sin saberlo, el transcurrir cotidiano los condujo al encuentro. Ocurrió a la salida de una de las aldeas pobres y polvorientas de aquel mundo polvoriento y pobre. El uno iba en una bicicleta desvencijada; el otro en un carro de combate ligero. El uno se llamaba Hamid Sayebi, civil; el otro se llamaba Juan González, soldado. Desde la torreta, Juan González vio venir a Hamid Sayebi en la bicicleta. Le dio el alto una, dos veces… Quizás Juan no gritó lo suficiente, o quizás Hamid pedaleaba distraído; o quizás ambos estaban nerviosos o fuesen algo pendencieros y un tanto bravucones. Tampoco sabemos si hubo o no un tercer aviso, lo único que podemos asegurar es que Juan disparó y Hamid fue arrancado de cuajo de la bicicleta. Murió en el aire, cayó de espaldas con los brazos abiertos, donde antes jugara su sonrisa ahora sólo había un gran vacío sanguinolento. Juan siguió y siguió disparando a la tarde que caía, aún durante un buen rato.

Los mandos lamentaron el error, pero justificaron la acción del soldado Juan González: sólo había cumplido con el protocolo establecido por las fuerzas internacionales en misión de paz; sus compañeros no cesaron de animarlo; él, silencioso, se limitaba a sonreír. Una semana después volvió de permiso a su pueblo. Los vecinos le recibieron con grandes muestras de alegría. Él respondía a los agasajos sin decir una palabra y sonriente. Todos opinaron que volvía igual de simpático, pero con algo más de hombre. Tan sólo la madre y la novia, ya desde el primer beso, supieron que abrazaban una sonrisa vacía.

 Ramón Qu

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La primera vez

Mi padre es de Chaouen, que está en Marruecos, y mi madre de Madrid, que es la ciudad en la que nací y en la que vivimos. Ahora tengo trece años, pero lo que voy a contar – porque la profesora nos ha pedido que escribiéramos sobre la primera vez de algo importante que nos haya sucedido en nuestra vida – me pasó cuando tenía diez. Fue en un campamento de verano. Nunca había ido a uno y tenía muchas ganas. Mi madre me compró una mochila, unas botas de las de andar por el campo y unos pantalones del color que llevan los soldados. Lo que más me gustó fue la mochila porque tenía muchos bolsillos y podías meter dentro todo lo que te viniese en gana. El campamento estaba cerca de unas montañas hechas de roca, y de un bosque y de un río. En el bosque jugábamos a explorar, y el río tenía unas pozas donde nos bañábamos. Había cuatro profesores, pero mi favorito era Juan. Cuando nos llevaba a explorar nos enseñaba un montón de cosas, pero no como en clase, sino como si estuviésemos en una película de aventuras. Sabía el nombre de todos los árboles, plantas, animales y bichos. Nunca había imaginado que hubiese tantas cosas que ver en un bosque. Además, sabía hacer juegos de magia, y una noche hicimos una hoguera y nos estuvo contando historias sobre los antiguos habitantes de aquel sitio. Cuando me fui a dormir soñé con caballeros y batallas.

También había un niño que se llamaba Edu y que no estudiaba en mi colegio. Era dos años mayor que yo, y el más alto y fuerte de todos nosotros. Sabía nadar muy bien y buceaba como las ranas. Un día estuvo tanto tiempo debajo del agua que Juan se asustó y se tiró a la poza para rescatarlo. Pero Edu nada, apareció en la otra orilla tan contento. Otro día, jugando al fútbol, él solo metió siete goles. Y otro día se subió a un árbol tan alto, que no se le veía entre las ramas. Dijo que allí arriba había encontrado un nido de águilas y que se había comido uno de los huevos. Todos le creímos, pero cuando Juan le dijo que le iba a crecer la nariz como a Pinocho, empecé a dudar. Yo me fijé en él desde el primer día. Quería ser su amigo y en las exploraciones por el bosque me ponía a su lado, cuando nos bañábamos le decía los segundos que había aguantado debajo del agua y jugando al fútbol siempre le pasaba el balón. Una mañana, antes de salir a explorar, le dije que si quería que le llevase algo en mi mochila que tenía muchos bolsillos, pero él ni siquiera me contestó y se fue con Pedro, un niño de mi clase con el que me había peleado al final del curso porque se había reído de lo moreno que soy. La verdad, ahora me da mucha rabia pensar lo tonto que fui.

El último día, hicimos una excursión hasta un montón de piedras que estaba en lo alto de un monte. Juan nos dijo que eran las ruinas de un castillo por el que habían luchado hacía muchísimo tiempo y durante muchísimos años árabes y castellanos. Al principio, pensé que Juan nos estaba tomando el pelo. Me costaba más creer que aquel montón de piedras hubiese sido un castillo, que lo del huevo de águila que Edu se había comido. Pero al final me lo creí, porque Juan es Juan, sabe de todo y lo dijo muy serio. Volvimos a la tarde, caminando junto al río. Edu, de vez en cuando, daba un salto, se colgaba de una rama y se levantaba a pulso. Yo iba detrás de él y contaba las veces que llevaba la barbilla a la rama. Siempre eran más de diez y una vez llegó a veinte. En una de esas la rama se rompió y Edu se dio una gran culada. Se oyeron unas risas y yo corrí a ayudarlo, pero Edu desde el suelo me dio un empujón y se levantó solo. Cuando se puso en pie ya nadie se reía. Se quedó mirándonos unos segundos. De pronto, se lanzó sobre mí, me quitó la mochila y la tiró al rio. Todos se rieron. Yo me quedé unos segundos paralizado, luego me metí en el río para coger la mochila. Estaba lleno de piedras y no cubría, pero resbalé y me caí al agua. Todos se rieron otra vez. Me levanté, cogí la mochila y, chorreando, traté de salir del río. A cada paso resbalaba y estuve a punto de caerme dos o tres veces. Edu se acercó. Yo pensé que se había arrepentido de la broma y quería ayudarme. Le sonreí. Edu se paró frente a mí y miró a todos; luego me miró, me sonrió y posó su mano en mi hombro. Yo ya me iba a apoyar en él, cuando agachó la cabeza, la acercó a mi cara y me lo llamó, gritándomelo al oído. Se apartó de mí. Todos volvieron a reírse. Yo me eché a llorar. Las risas continuaron un rato, pero cuando llegó Juan se pararon de golpe. Juan me preguntó como estaba, me cogió la mochila, me dio la mano y dijo que aceleráramos el paso no fuera a coger un resfriado. Me daba mucha vergüenza que Juan me llevase de la mano, pero no me atreví a soltarme. Llegamos al campamento al atardecer. Ya no lloraba, pero a la noche, en el saco, las lágrimas volvieron a mis ojos. A la mañana siguiente, volvimos a casa. A Edu no le he vuelto a ver, pero por fin el otro día me he enterado de en dónde vive. Lo he apuntado en mi libreta, para que no se me olvide.

No se lo he contado a nadie, ni siquiera a mis padres, sólo ahora a la profesora porque nos lo ha pedido, pero esa fue la primera vez que me han llamado “moro de mierda” en mi vida.

Ramón Qu

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De película

Dicen que cuando morimos vemos la película completa de nuestra vida. Eso dicen y eso fue lo que le pasó a nuestro héroe… Bueno, no del todo. Cierto que en el momento en que su coche se estrelló contra el árbol, pudo contemplar toda su existencia; pero no es menos cierto que matarse no se mató. Quedó bastante maltrecho y salvó la vida gracias a la rápida intervención de los servicios sanitarios. Sin embargo, cuando despertó en la cama del hospital, no pareció dar mucha importancia al hecho milagroso de seguir vivo. Vendado como una momia, con las piernas colgando de unas pesas, los brazos asaeteados de agujas epicraneales y rodeado por enigmáticos aparatos, únicamente tenía pensamientos para una cosa: aunque sólo había durado un instante, no podía sino admitir que la película de su vida le había aburrido de forma soberana. Con un argumento pobre, una trama deshilvanada, unos personajes ramplones, unas peripecias sin interés y ni un solo efecto especial, carecía por completo de tensión y ritmo, y resultaba plana y monótona hasta la extremaunción. Morirse era inevitable, pero no lo era tener que hacerlo entre bostezos. Nuestro héroe decidió cambiar la película de su vida.

Nada más salir del hospital después de una larga convalecencia, puso manos a la obra. Lo primero que hizo fue transformar el aspecto del protagonista, o sea, de él mismo. Se peinó el pelo hacia atrás, se dejó unas patillas largas y finas, y en vez de los trajes de corte clásico que siempre había llevado, comenzó a vestir ropas juveniles, siendo sus preferidas los pantalones y chaquetas de cuero negro. Su mujer, amigos y compañeros de trabajo achacaron estos cambios a unas comprensibles, aunque algo extravagantes, ganas de vivir, nacidas de haber estado tan cerca de la muerte. Más difícil les resultó dar explicación a las otras nuevas peculiaridades de nuestro héroe. Ahora, era un gesto muy suyo mirar todo a través de la ventana que simulaba formar ante sí uniendo, con la punta de los pulgares extendidos, las palmas de las manos abiertas; también se había vuelto muy típico en él cambiar el lugar o la postura de la gente, aunque para ello tuviese que emplear empujones o descruzar brazos y piernas ajenos con sus propias manos; a veces, se empeñaba en modificar las conversaciones, y si alguien, por ejemplo, decía: “Tengo sueño”, no cejaba hasta que ese mismo alguien rectificaba y sentenciaba: “Toda la vida es sueño; y los sueños, sueños son”. Se empezó a hablar de shock post-traumático y de traumatismo craneal.

Nuestro héroe, conocedor de estos rumores, disimulaba y se reía para sus adentros. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que, salvo por las redobladas atenciones de su mujer y la actitud conmiserativa de los amigos, todo seguía igual. Su vida continuaba siendo plana, monótona y aburrida. Se dijo, entonces, que para hacer una buena película de su vida, no bastaba con cambiar el aspecto del protagonista, perfeccionar los encuadres o mejorar la forma de actuar y decir del reparto, sino que era necesario una buena historia, un argumento bien construido, lleno de conflictos, enredos, giros y golpes inesperados. Durante una larga temporada vio centenares de películas y leyó centenares de guiones. Cuando consideró que estaba bien documentado, se puso manos a la obra. Tuvo su primera gran ocasión con la muerte repentina del socio del jefe de la empresa para la que trabajaba. Ni corto, ni perezoso decidió aprovechar la oportunidad dramática. Fue un verdadero clímax, un plano cargado de intensidad y tensión, cuando, en el momento en que el silencio era más recogido y el pesar llenaba todos los corazones, nuestro héroe, señalando con un índice el ataúd y con el otro al jefe, acusó a éste de haber asesinado a su socio para quedarse con toda la empresa. ¡Qué gritos!, ¡qué miradas!, ¡qué gestos!, ¡qué caras de sorpresa e indignación! Sí, fue una escena realmente conseguida, tan bien realizada que sólo tuvo que gritar media docena de veces “¡corten!”, cambiar de posición a tres enlutados asistentes y rectificar apenas un par de líneas de diálogo. Todo un éxito, por más que fuera expulsado de malas maneras del camposanto y del trabajo. 

No le duró mucho la alegría a nuestro héroe por este logro. Pasadas unas semanas, tuvo que reconocer que su vida había caído de nuevo en el tedio y la monotonía. Todo el día en casa y sin nada que hacer, sus días transcurrían iguales, repitiéndose los unos a los otros de forma cada vez más apagada, como un eco que se extingue. Entonces volvió a ver los mismos centenares de películas, volvió a leer los mismos centenares de guiones y, documentado, volvió a poner manos a la obra. Con gran sentido de la ambigüedad y el equívoco, fue sembrando indicios ante su esposa que parecían indicar una probable infidelidad por su parte. La mujer, al principio incrédula, más tarde suspicaz y al cabo celosa, terminó por descubrir una apasionada carta de amor que nuestro héroe había olvidado de forma astuta en el bolsillo de la chaqueta. En esta ocasión no tuvo que realizar ningún corte, ni cambiar ninguna línea de diálogo. Todo salió redondo, perfecto, en tiempo real, en plano secuencia. Fue en la cena como mandan los cánones. Ella actuó y habló como si nada supiese, él actuó y habló como si nada temiera; ella le tendió en los postres la trampa adecuada, él cayó en la celada de la forma exigida; ella entonces acusó, él entonces negó; ella esgrimió la carta, él balbuceó; ella se puso en pie, él se encogió en el asiento; ella gritó, él rogó; ella le exigió el divorcio, él se lo concedió; ella salió dando un portazo, él se quedó en la cocina con la satisfacción del artista que alcanza su obra cumbre.

Sin trabajo y sin esposa, recurrió a los amigos. Ya tenía pensada una emocionante historia: Juan, íntimo amigo de Luis, intentaría asesinar a éste por ser amante de su esposa. La escena cumbre se produciría en el domicilio de Luis. La atmósfera sería tensa, la iluminación dura, los diálogos broncos, los silencios cargados; Juan, mascando la rabia, sacaría una pistola ante el rostro demudado de Luis; Juan, vengativo e inmisericorde, apuntaría a Luis que, indigno y cobarde, imploraría por su vida; Juan soltaría una carcajada sardónica, Luis un lastimero gemido; ya aprieta el gatillo Juan cuando, de improviso, nuestro héroe aparece en el plano y, arrojándose sobre el hombre armado, logra desviar el disparo en el postrero instante; la bala haría añicos el costoso jarrón de porcelana china favorito de la mujer de Luis… Sin embargo, nuestro héroe no tuvo oportunidad de dar realidad a tan magnífica escena. No sólo Juan y Luis, sino la totalidad de amigos y conocidos huían nada más verlo, hartos de tener que salir o entrar, sentarse o levantarse, hablar o callar, según ordenara nuestro héroe con su particular sentido del ritmo y la tensión. Dolido por este fracaso, durante un tiempo se dedicó a hacer exteriores. Era frecuente verlo en la calle deteniendo el tráfico, reordenando a su gusto el deambular de la gente o tratando de persuadir a un orondo carnicero de que cambiase tanto de naturaleza como de negocio, pues lo que él en verdad necesitaba para su escena, allí y precisamente allí, no era una carnicería sino un restaurante italiano y un cocinero con aspecto y ademanes de prima ballerina.

Cierto día, se le acercaron dos individuos. Con gran pompa le dijeron que eran de “jólivud” y deseaban proponerle un “gud bisnis”. Todo orgulloso se subió con los dos individuos a la ambulancia. Pasó el resto de sus días en un psiquiátrico. Fue bastante feliz, y era digno de ver el entusiasmo, la seriedad y el empeño que ponían el resto de los pacientes en seguir sus sabias instrucciones de director experimentado. Lo malo fue cuando trató de hacer una versión de “Rebelión en la granja”. El entusiasmo, la seriedad y el empeño que pusieron entonces los pacientes en el proyecto alcanzaron tal grado que los médicos, alarmados, recluyeron en total aislamiento a nuestro héroe por una larga temporada.

Falleció a los ochenta años. Dicen que murió diciendo: “Éste es el comienzo de una gran amistad”

 Ramón Qu

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Aquí

Era el que mejor lo hacía. Y desde entonces todos lo hacen. Me lo dijo el viejo el mismo día en que llegué, mucho antes de que sucediese: “Es la única manera”. Pero yo los vi. Con absoluta claridad los vi. Recuerdo que el traslado había durado toda la noche y no había pegado ojo. Cuando me sacaron era ya mediodía. Me encontraba muy cansado y me senté en las gradas de cemento que forman un semicírculo de unos tres metros de altura y diez metros de diámetro. El sol estaba en lo alto y caía a plomo. No había una sola sombra. La luz cegaba y te obligaba a bajar los ojos; pero el suelo reverberaba, y entonces no sabías donde mirar y tenías que cerrar los párpados. Los hombres, en grupos o solos, en el polvo o en las gradas, parecían piedras arrojadas de cualquier manera. Yo no paraba de sudar y mi piel ardía. Me cubrí la cara con las manos y me pregunté por qué. El tiempo pasaba despacio, interminable, sin una nube, igual a sí mismo y al sol en lo alto. Busqué refugio en el lugar más recóndito de mi cerebro. Y allí, todo se me hizo negro.

Me despertaron unos zarandeos. Estaba caído sobre las gradas, de lado, hecho una bola. Quise levantarme al punto, pero una mano sarmentosa se posó en mi hombro y me lo impidió.

–   ¡Despacio, despacio!

Me quedé inmóvil y miré desde el suelo. Un viejo me miraba a su vez. Delgado y de escaso pelo blanco, tenía un rostro alargado, quemado por el sol, de ojos pequeños, nariz ganchuda y boca fina. Su mentón parecía la punta de un zapato. Me sonreía, pero no con la boca o la mirada, sino con el mar de arrugas que era su cara. Entonces me di cuenta de que ya se podía mirar. Mis ojos buscaron el cielo. El sol no estaba; en su lugar, una luz imprecisa teñía el aire como de polvo rojizo. Me levanté tratando de hacer de las palabras del viejo carne de mis músculos. Cuando logré sentarme en la grada, descubrí el origen de aquella luz: un trozo del horizonte parecía envuelto en llamas. El viejo me ofreció un cigarrillo. Lo cogí y me lo puse en la boca. La mano sarmentosa encendió un fósforo y lo acercó a la punta del cigarrillo. Chupé y sentí el golpe caliente del humo. Era asqueroso aquel repentino ardor en la boca reseca, sin embargo volví a chupar con fruición. Fumamos en silencio. Cuando di la última calada, tiré la colilla al suelo y la pisé.

–   No deberías fumar así – dijo entonces el viejo.

–   ¿Así?, ¿cómo? – pregunté sorprendido.

El viejo no me respondió. Seguía fumando. Retenía por largo rato el humo en los pulmones y luego lo soltaba poco a poco. Cuando la brasa llegó al filtro aún dio otra calada. Entonces dejó caer la colilla y me contestó:

–   Tan rápido y pisando una colilla tan grande.

–   Yo fumo como quiero – fanfarroneé.

El viejo resopló y dijo:

–   No hace falta que te hagas el duro conmigo. Se nota a la legua que no lo eres. Tu sudor huele a miedo… No, no te irrites. Aquí no hay sudor que no huela a miedo. Y te daría igual ser un tipo duro, en unos días sudarías miedo como todos. Lo del cigarrillo era un ejemplo. Sólo quería decirte que ha llegado la hora.

–   ¡¿La hora?! ¿La hora de qué?

Fue entonces cuando me lo dijo. Recuerdo que me lo tomé a broma y me reí con ganas. El viejo volvió a resoplar y me advirtió con tono solemne:

–   Ríe, ríe mientras puedas; pero pronto te darás cuenta de que es la única manera.

–   ¡¿La única manera?! – logré articular aún entre risas – Pero si eso es imposible… imposible y absurdo. Además, ¡ni siquiera hay!

–  Sí, sí lo hay. ¿No lo hueles? – Aspiró con fuerza, como si quisiera meterse en las narices hasta el último gramo de aquel aire polvoriento y caliente – Está escondido.

–   ¿Escondido?

–   Sí, escondido.

–   ¿Dónde?

–   En todos los lados, entre los dedos del aire.

Lo miré y me aparté un poco. En aquel momento tuve la certeza de habérmelas con un loco. El viejo no pareció percatarse ni de mi mirada, ni de mi movimiento. Y si lo hizo no les dio la menor importancia. Simplemente siguió hablando con el tono cansado de quien se ve obligado a explicar lo evidente:

–  Cuando llegué aquí yo también me reí cuando me lo dijeron. Pero no tardé en comprobar lo equivocado que estaba y, al final… – se interrumpió durante unos segundos; luego añadió, señalando con un movimiento casi imperceptible –: Mira a ese tipo. Es el que mejor lo hace. Si hay alguien que pueda lograrlo es él.

Miré al hombre indicado. Estaba de pie, junto al primer escalón de la grada. Era bajo y gordo, y nada había en sus facciones que destacara o transmitiese algún tipo de excelencia: una cara mofletuda, unos ojos pequeños, una nariz ancha, una boca de labios gruesos y una barbilla breve, casi engullida por la papada. Me pareció una especie de huevo con palotes a modo de patas y brazos, y nada me habría extrañado que se hubiese abierto de repente para dar salida a un lechón sonrosado. No sin cierta ironía pregunté:

–   Y de lograrlo, ¿qué pasaría?

–   ¡¿Qué pasaría?! ¡Valiente pregunta! Lo que todo el mundo quiere que pase.

–   ¿Te refieres…?

–   ¿A qué me voy a referir si no? – me cortó con impaciencia. Ya más calmado, añadió: –   Lograrlo es muy difícil, algunos como tú dicen que imposible. De hecho, aquí nadie recuerda que alguien lo haya conseguido. Yo ya soy muy viejo y nunca lo lograré, pero si hay alguien que pueda es él. De eso no te quepa la menos duda. Y lo logrará cualquier día; mañana, pasado, dentro de un año o de veinte, incluso, ¿por qué no?, ahora mismo, pero tarde o temprano lo verá, y entonces…

–    ¿Lo has hablado con él? – volví a preguntar. Esta vez interesado a mi pesar.

–   ¡¿Para qué?! – exclamó, agitando las manos sarmentosas en el aire – Él nunca habla; aquí nadie habla.

–   Tú has hablado conmigo.

–   ¡Oh, eso es porque eres nuevo! Y a los nuevos les hablo una única vez para advertirlos.

–    ¿Una única vez? ¿Quieres decir que no volverás a hablar conmigo?

–   Ni yo, ni nadie, muchacho, ni yo, ni nadie. Por eso grábate bien en la mollera lo que te he dicho: fíjate y trata de aprender de él cómo se hace. Recuerda que es la única manera de que aquí el tiempo no te pudra por dentro y lleguen los buitres.

–   ¿Los buitres?

–   Sí, los buitres. Cuando mueres te arrojan lejos, muy lejos, en la llanura y entonces aparecen los buitres…

El viejo se levantó. Traté de retenerlo con nuevas preguntas, pero no me hizo caso: descendió por las gradas y se situó junto al hombre con aspecto de bola. Los dos estaban inmóviles. Miraban con fijeza a un punto elevado frente a sí. Y no sólo ellos. Algunos de los hombres que se desparramaban por el recinto hacían lo mismo. No todos. La mayoría parecía no hacer nada. Sentados, tumbados o de pie tenían la vista en el polvo. El incendio del horizonte se iba extinguido poco a poco en una oscuridad progresiva. Nubes bajas fueron cubriendo el cielo como la tapa de un ataúd. El silencio era completo. La tierra exhalaba el calor retenido durante el día. El punto hacia donde miraban era tan negro como cualquier otro. Sonó la hora de ir a dentro. En una única fila, como hormigas, fuimos entrando.

Desde aquel día, todos los días fueron el mismo día. Nos sacaban al amanecer, cuando el aire aún guardaba rastros de la frescura de la noche. Pero aquella atmósfera tibia pronto desaparecía y, más que un alivio del que se podía gozar, era como un malévolo recordatorio de lo que habías perdido para siempre. Porque enseguida llegaba el sol. El sol aplastando la tierra con su enorme presencia, secando el aire con aliento de horno, golpeando sobre nuestras cabezas, penetrando en el cerebro, agrietando la conciencia. Y al cabo, el atardecer, el incendio en el horizonte, la luz rojiza, el último sudor en las cosas, las nubes bajas, la progresiva oscuridad que se cerraba como la tapa de un ataúd y la vuelta a dentro en fila de hormigas. Y así, día, tras día, siempre el mismo e inevitable día…

Al principio, me negué a aceptar la realidad. Subía y bajaba las gradas, iba de un lado a otro, buscando una forma de escapar. Pero pronto comprobé la completa inutilidad de mis esfuerzos: aquí no hay salidas, ni entradas, sólo está la llanura, polvorienta y sin una brizna de vegetación, que se extiende por todos los lados, mucho más allá de lo que puede abarcar la vista. Innumerables veces traté de reanudar mi charla con el viejo. Me acercaba a él, le hablaba, le rogaba, incluso llegaba a zarandearlo. Era inútil. No me contestaba, no me miraba, como si no existiese. Y lo mismo ocurrió con todos aquellos a los que me dirigí. Desesperé entonces y empecé a pasar los días hecho un ovillo en el polvo o en las gradas. No sé cuanto tiempo duró esa situación. Quizás fuesen semanas, meses o años. No lo sé. Simplemente recuerdo que quería acabar, que de hecho me estaba acabando. Y sin duda así habría ocurrido, si no llega a ser porque una mañana, poco después de que nos sacaran, noté que el viejo no estaba entre nosotros. No di importancia a su ausencia. En realidad, nada, ni nadie me importaban. Aún quedaban restos de tibieza en el aire cuando descubrí, lejos, muy lejos, puntos que se desplazaban en el cielo. Al pronto no supe muy bien que podrían ser, pero no tardé en imaginar que eran. Grité, señalé, traté de llamar la atención del resto de los hombres. Fue inútil. Nadie me hizo caso, nadie miró a los puntos que seguían planeando lejos, muy lejos, y si alguien lo hizo no dio la más mínima señal de ver nada. Reí; reí entonces como si todo en mí fuese risa; reí mientras el sol avanzaba hacia lo más alto; reí hasta caer al suelo; reí hasta que mi conciencia se adormeció en la negrura; reí hasta que de pronto comencé a sentir que un pitido taladraba mis oídos. No hice caso y creí seguir riendo ovillado en el polvo. Sin embargo, el pitido, agudo e interminable, no tardó en verse acompañado de unos golpes como de martillo en las sienes. Al principio leves, fueron haciéndose cada vez más fuertes, hasta el punto que temí que mi cráneo se partiese en pedazos. Dejé de creer que reía y me llevé las manos a la cabeza con la vana pretensión de usarlas de escudo; pero los golpes continuaron, al tiempo que miles de agujas, tan pronto al rojo vivo, como hechas de hielo, se clavaban en mi cerebro. El aire ya no entraba en mis pulmones y el corazón latía desbocado. Imágenes de tacto arenoso, bailaban por dentro de mis párpados cerrados; se estiraban y se encogían, se retorcían y fragmentaban en un fondo de sangre y entre destellos blancos. Eran buitres, decenas de monstruosos buitres. Algo dentro de mí se rebeló y me puse en pie de un salto. Sudoroso, jadeante, temblando, me vi en medio del atardecer. Busqué con los ojos al hombre que mejor lo hacía. Como siempre, allí estaba, junto a las gradas, de espaldas a la caída del sol, mirando hacia la parte del cielo donde la oscuridad progresaba. Fue en aquel momento cuando me acerqué a él y comencé a imitarlo. Y lo seguí imitando no sólo aquel atardecer, sino también el siguiente y el siguiente y el siguiente, por un tiempo del que mi memoria no guarda medida. Nunca logré ver otra cosa que el progresivo avance de las tinieblas y las nubes bajas, cayendo sobre nosotros como la tapa de un ataúd. Sin embargo, aquella repetida visión de nada no disminuyó un ápice mi necesidad de intentarlo cada atardecer; muy por el contrario, la aumentó, como si se alimentara y creciese con la repetición del fracaso. Los días seguían siendo iguales a sí mismos; sin embargo, yo ya no me sentía el mismo. Había dejado de pasar el día ovillado en el polvo o en las gradas, esperando y deseando el fin. Ahora, mientras el sol recorría lentamente el cielo haciendo suyas todas las cosas, yo pensaba que ya no era de él, que ya había vuelto a pertenecerme a mí mismo, que, en cuanto llegase el atardecer, lo volvería a intentar y, ¡esta vez, sí!, lo lograría.

Ocurrió un atardecer. Estaba dando mi paseo diario, dispuesto ya a acercarme al hombre que mejor lo hacía, cuando oí un grito a mis espaldas. Aquello era extraordinario, así que alarmado me giré y busqué el origen del grito. Era uno de los que también miraban. Señalaba a las gradas. Miré en la dirección indicada. Yo estaba algo alejado, pero podía imaginar lo que tantas veces había visto: el hombre que mejor lo hacía. Llevaba la misma ropa tosca que todos, pero en él daba la impresión de mayor ligereza y menor bastedad. De espaldas a la caída del sol, miraba hacia la parte del cielo donde la oscuridad progresaba. Tenía la cabeza ligeramente adelantada con respecto al tronco, que, a su vez, se inclinaba hacia el frente. Su inmovilidad era completa y los ojos parecían flechas a punto de volar, impulsadas por el tenso arco que formaba su ceño alzado. Incluso la pequeña barbilla pugnaba por salir de la bolsa de la papada, aferrándose a la repentina solidez que le ofrecían las mandíbulas apretadas con fuerza y la sonrisa que parecía llenar de firmeza el rostro. Sus brazos y piernas, cortos y delgados, parecían resortes en el instante previo a saltar lejos, muy lejos… El hombre que había gritado, volvió a gritar. Hacía tanto tiempo que no escuchaba una voz humana que, al principio, no entendí sus palabras. Pero pronto logré captar el significado. Exclamaba:

–   ¡Mirad!  ¡Las ropas! ¡Se mueven! ¡Lo está viendo, lo está viendo!

 Desde mi posición y a la luz turbia y enrojecida del atardecer no alcancé a ver el movimiento de las ropas. Quise acercarme, pero un pensamiento me retuvo. Si él lo estaba viendo, si estaba moviendo sus ropas, es que estaba allí, entre los dedos del aire, y entonces yo también podría verlo. Miré. Miré con todo mi ser. Miré como nunca antes había mirado. Miré hasta que la oscuridad y las nubes bajas cayeron como la tapa de un ataúd. Miré hasta que llegó la hora de entrar. Mire y miré, pero no logre ver nada, absolutamente nada.

A la mañana siguiente el hombre que mejor lo hacía no apareció, ni nunca más volvió a aparecer. Antes de que el silencio cayera de nuevo entre nosotros, corrió de boca en boca el rumor de que había logrado escapar. Pronto ese rumor se convirtió en convicción absoluta. Desde entonces ya nadie duda de que sea la única manera, y todos lo hacen. Yo no. Sé que no escapó. El mismo día de su desaparición lo supe. Se lo dije a los demás, pero no me creyeron. Se los señalé, pero no quisieron mirar. Por eso he dejado de hacerlo. Porque yo los vi el día de su desaparición. Los vi con claridad, en la lejanía, como puntos en el aire, sobrevolando la ardiente e interminable llanura.

 Ramón Qu

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Comunicado interno

Lo primero es cazar a uno. Pero cuidado, esos cerdos suelen ir en bandas como los lobos y no conviene enfrentarse a ellos cuando están juntos. Por lo tanto, vigiladlos, estudiad sus rutinas: cuándo salen, cuándo entran, a dónde van, de dónde vienen, por dónde pasan. Una vez que conozcáis sus recorridos habituales, seguidlos sin que os adviertan, esperad a que se separen y continuad tras la pista del que veáis más débil. Escoged una noche oscura, un barrio alejado, una calle solitaria. Desplegaros de tal forma que cerréis cualquier vía de escape. Comprobad que no haya testigos. A un gesto de vuestro jefe, os abalanzáis todos a una. Si la pieza se resiste golpeadla, pero teniendo buen cuidado de que no pierda el conocimiento ¡debe saber lo que le pasa! Cuando lo tengáis inmovilizado, le comunicáis la sentencia, pero sin insultos ni gritos, ecuánimes y serios, como lo que realmente somos, los legítimos ejecutores de lo que todo el mundo piensa: que estamos hartos de que nos quiten nuestros trabajos, de que asalten nuestras viviendas, de que ensucien nuestras calles, de que no sigan nuestras costumbres, de que amenacen nuestra civilización, de que miren a nuestras mujeres… Después rociadlo bien. Esto es muy importante: sin empaparlo a conciencia de gasolina es difícil que prenda. Luego le dais fuego, sacáis unas fotos y salís corriendo. Por ahora somos pocos y no conviene que nos detengan. El valor se nos supone, no tenemos que demostrarlo, sino ser eficaces. Buena suerte.

 Ramón Qu

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Una humilde cebolla

Érase una vez un cocinero de gran fama y talento. Tenía un restaurante con un montón de estrellas, tenedores y gente adinerada. Su carta elevaba al olimpo del paladar a sacrificados representantes del mundo animal, del vegetal e incluso del mineral. En sus bodegas atesoraba las añadas más codiciadas. Entrevistado por periódicos, revistas, radios y televisiones, gustaba de decir que “la cocina es una metáfora de la vida”. Era un titular asegurado; ligero y digestivo como su premiada “sopa de hierbas aromáticas”

Cierto día se encontraba solo en su casa. Atardecía y desde el ventanal abierto del salón podía ver los últimos pasos del sol, titilando en el mar camino de un horizonte encendido de rojos y dorados. En el cielo las gaviotas trazaban lenguajes secretos. Un rumor con gusto de sal acariciaba la atmósfera tibia y serena. Suspiró, embargado por los pensamientos que parecía posar ante sus ojos el batir constante y blando de las olas. Empezaba a comprender el sentido último de todas las cosas, cuando sintió la llamada inoportuna del apetito. Volvió a suspirar, encantado con aquella aleccionadora paradoja que le tornaba al cuerpo en el preciso momento en que se perdía en el alma. Se levantó del sillón ergonómico y se dirigió a la cocina. Arrebatado por la conciencia de la vanidad de las vanidades, optó por una respuesta estoica a la demanda de su estómago: haría una tortilla de patatas con cebolla. Rió para sus adentros, orgulloso del desafío prometeico que con aquel sobrio plato lanzaba a la totalidad del universo indiferente y frío. Cogió un par de huevos, una patata grande y una humilde cebolla. Quizás entonces una gaviota estuviese trazando en el cielo un símbolo arcano; o una ola dejando en la arena el pecio de una verdad profunda; o el rayo verde se hubiera disparado en el horizonte como lejano faro de esperanza… Sí, quizás estuviesen sucediendo todas estas maravillas allí fuera, mientras la noche sacaba del armario de la galaxia su capa de leche y lentejuelas; pero ¿qué importaba?, ¿acaso aquella humilde cebolla no había sido cocinada en el horno de una supernova?, ¿acaso no estaba hecha también de polvo de estrellas? Porque, en aquel preciso momento, nuestro afamado y talentoso cocinero miraba la cebolla que sostenía frente a sí con hamletianas maneras. Y de esa guisa permaneció un buen rato, olvidados el estómago y la tortilla de patatas, ajeno a la música de las esferas y al eterno girar de los cielos, hasta que por alguna inefable razón comenzó a pelar la cebolla. Desprendió la piel, que cayó al suelo en ligero vuelo como una inútil envoltura de crisálida. De pronto colombino, alargó el brazo cuán largo era y se quedó contemplando con ojos de infinito océano el desnudo, redondeado y rojizo bulbo; luego, acercó a su oronda panza el preciado descubrimiento y empezó a quitar capa tras capa de las entrañas de la indefensa cebolla. Al principio sus dedos se mostraron mecánicos y hábiles, de cocinero experimentado; pero, según se iban acercando al centro del bulbo, fueron adquiriendo un progresivo temblor de ansiosa búsqueda. La cada vez más disminuida cebolla parecía saltar y bailar entre las yemas, como si pugnara por huir del creciente hervor de las manos. Las capas caían blandas al suelo, al  modo de trozos aún curvados de pelota. Al final, ya menor que una canica, exhaló su última capa y el cocinero se quedó sin nada entre las manos. Fuera, la noche ya había desplegado su capa de leche y lentejuelas, las gaviotas dormían en los acantilados, el rumor del mar salaba el silencio y el débil resplandor de la espuma trazaba líneas fantasmales a los pies de la arena. Pero el cocinero no lloró. Nunca había llorado en su vida, ni siquiera cuando de pinche cortaba ajos, patatas y cebollas, ¿por qué iba a hacerlo ahora? No, no había motivo alguno, por más que la Luna fuera nueva y se escondiese de la sed de plata de la Tierra. Después de todo, quizás la cocina fuese una metáfora de la vida, pero si de algo estaba ahora casi seguro era de que la vida nunca sería una metáfora de las humildes cebollas.

Se fue a la cama sin cenar y soñó con sopa de estrellas.

 Ramón Qu

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